Negación

No puedo negar que hay momentos en los que estoy segura que podría pasar toda la noche haciéndote el amor, toda la noche perdida en tus labios dejándome cautivar por esos ojos que me han mirado como si fuera el más grande milagro, pero soy sólo yo y me conformo algunas noches con verte soñar sin posibilidad de entrar a ese espacio que conservas tuyo propio.

Se me nota mucho, lo sé. Estas ojeras de todas las noches que no puedo pegar el ojo pensando en ti, las ganas que tengo de salir corriendo hasta donde estés y abrazarte pidiéndote que no te vayas, que hagas lo que hagas no me dejes sola nunca más. Y se me nota, claro, que sólo pienso en ti y que no sé hacer más que amarte. Y escribo de ti y te escribo cartas y poemas que me encanta que atesores.

Y no te niego que pasé dos días esperando una noche. Y no puedo ocultar que no me molesta suplicar y suplicar, aunque sé que nunca voy a poder pasar.

Stephania.

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Me gustaría

Me encantaría, por un día, conocer la verdad. Hablar de todo con sinceridad, sin tener que esconder algo, desnudar el alma. Si quieres al día siguiente volvemos a pretender que no sabemos nada, que la verdad no cruzó nuestros labios.

Puedes sincerarte, no hay nada que aparentar. No necesitas hablarme de cosas que no existen ni de cosas que no han sucedido, ni necesitas crearme una falsa idea de algo que yo ya conozco. Me gustaría saber qué ganas al mentir, qué satisfacción encuentras al hablarme de algo así.

Disfruta lo que tienes, no hay de qué avergonzarse. Será peor si se cae el teatro, ¿de dónde vas a sostenerte? Me gustaría mucho que llegues y me hables con la verdad y me digas: No vengo de aquí, ni de allá… Esta persona soy yo y este mi hogar.

Al final hay cosas que yo ya sé.

Stephania.

Carta (1)

Hoy quiero que sepas que me haces bien, te amo.

Llegaste en el momento exacto y agradezco por ello, por tu presencia, tu amor constante. Porque a pesar de que ambos venimos de batallas perdidas comprendimos que podemos cambiar las cosas, que podemos amarnos sin miedo.

Ha sido mi promesa contigo: dejar atrás las inseguridades, demostrarte que podemos confiar, que esto es más fuerte que cualquier cosa; creo en ti.

No fue sólo enamorarnos, es respeto, es reír juntos, son las historias que ya tenemos, todas las veces que me has mirado y ¡Dios! Me cambias el mundo. Verte sonreír y saber que soy yo la razón.

Todos los días nos brindamos la oportunidad de ser mejores, de amarnos, de confiar y te agradezco por eso. Porque podemos aprender el uno del otro, porque nos comunicamos.

He amado cada detalle de ti: las canciones de media noche, los besos en la mano, llegar con rosas… Me abriste la puerta a cosas que no conocía, cosas que no sabía que podía tener.

Agradecer no será suficiente, salvas mi vida todos los días y haces promesas que no pido. Eso siempre hará la diferencia para mí, en mi corazón. El hecho de mirarte y automáticamente saber que no hay otro hombre como tú en el mundo entero, que somos jóvenes y estamos enamorados.

Tengo anhelos de emprender contigo, de hacer las cosas bien, porque te amo, te amo con todo mi corazón. Y voy a cuidarte y a hacerte feliz, voy a amarte, lo sabes.

Gracias por éste primer ciclo lleno de amor, de hermosos recuerdos y de muchas primeras veces. Te amo.

Tu escritora, Stephania.

Niña

No importa qué tan mayor seas, ni cuántos años tengas el próximo lustro porque siempre serás mi niña pequeña. He hecho promesas que no me has pedido, no hace falta, quiero prometer las cosas porque sé amar y te lo quiero demostrar.

Escucho tu hablar, sé lo que te duele, ambos hemos sufrido y ambos tenemos historias que han dejado huella pero me gusta pensar que contigo todo es diferente y que va a mejorar porque ya de por sí haz hecho que mis días sean mejores.

Dime, mi niña, ¿quién te hizo daño? ¿De dónde sacas la fuerza para querer cuidarme? Si tan sólo pudieras imaginar cuánto te amo… No me había sentido así en mucho tiempo y no quiero que acabe. Así que cuéntame de la última vez que te llevaron flores o cantaron algo para ti, háblame de las cosas que necesitas para ser completamente feliz.

V. Stephania

23 de octubre en 24

Los recuerdos están a flor de piel, pasó un año pero parece que fue ayer… La escalera con su madera sonante, llegar a un lugar lleno de luz de día pero vacío de amor, amanecer junto a una sombra y la rutina, cómo me mataba esa monotonía que sólo llegaba a disiparse si ella sonreía.

El mundo es duro, nadie supo comprender que aquel 23 mi vida tomó un giro distinto; para los demás es un día cualquiera, quizá parece una exageración, pero para mí ese día fue un parteaguas. Imposible borrar de la ecuación el que me recordaran el valor que tengo, comenzó esa noche de largas conversaciones, de reencuentro… Habían pasado mil años. Alquimia y fuego volvieron a bailar.

Y decidí. A veces no hacer nada también es una decisión que nos afecta directamente y entonces aquella noche yo decidí que había sido suficiente. Suficiente de complacer a todos, de hacer las cosas que esperaban de mí, de fingir que todo estaba bien y que era feliz. Una parte de mí sabía que iba a ser muy difícil pero la libertad que había contenido por 6 años gritaba que lo hiciera, que saliera por esa puerta sin mirar atrás y que todo se iba a arreglar.

Tomé una sola regla: no fallarme a mi misma nunca más. Lo demás vendría por añadidura.

¿Quién se quedó a mi lado? Todos decidieron que fui egoísta, todos pensaron por mí… Me extrañaron una semana y después el mar se calmó. Supongo que estaban acostumbrándose a mi ausencia cuando tuve que volver. Y ¿qué fue más duro? ¿Irme o volver? Volver… A un lugar donde nadie me esperaba, un lugar lleno de rencores, un lugar donde todo mundo parecía decepcionado de mí por haber tomado las riendas de mi vida, por decidir salir de la zona de confort.

Todo me dolía, absolutamente todo. Y es que conocía el precio que debí pagar por haber decidido que aquel 23 de Octubre mi vida dejaría de ser lo que los demás planeaban para mí y empezaría a ser lo que yo quería lograr, crear y moldear para mí.

Y hay tantos que siguen sin entender, el mundo es cruel y por un tiempo la Alquimia me vino bien, pero los alquimistas se engolosinan con la magia y tuve que tomar otra decisión. Mil años no son suficientes para aprender a controlar ese fuego que creamos, tendremos que esperar mil más… Así pues, veía un poco apagado mi panorama a futuro, porque el futuro dejó de ser alentador, porque bien o mal: también perdí. Y perder siempre duele.

Un año cambió todo. Para bien sólo existe una persona en el mundo que comparte conmigo esos números. Para mal hay recuerdos dolorosos de aquellas calles amplias, de aquel cielo azul y de las montañas. Hay recuerdos de mis noches inventando cuentos, preparando café y llorando. No he dejado de llorar pero una vuelta al sol trajo consigo algo que definitivamente no buscaba ni esperaba encontrar.

Se acercó con cautela, prácticamente pidiendo permiso. Me estalló su dulzura en la cara, su madurez anticipada, su alma vieja… No hace falta hablar del pasado, porque todos venimos de lugares diferentes, pero me pidió que voláramos juntos cuando el alquimista me ofreció dejarme volar y regresar a él, quizá eso hizo la diferencia.

Ha pasado un año y entre lágrimas pude celebrar, sí: celebrar. Llorar las pérdidas y agradecer por quienes han estado siempre, quienes llegaron y se quedaron. Por todo lo bueno, porque ha sido bueno. Hoy sé sin duda alguna que estoy donde estoy por mí, porque no me sé conformar, al contrario: sólo sé volar.

Stephania.

No digas…

No digas que no fue real, que fue una mera fantasía o que crees que el tiempo que se nos concedió fue una farsa. Porque no fue así y bien lo sabes.
No entiendo la manera tuya de empeñarte en herirme así, en pensar así…

No digas que no te amé, que no fui valiente o que actué a tus espaldas. Prometimos siempre ser honestos y cuando toda la tierra entre nosotros me indicó que no podíamos más entonces solté.
No digas que no puedes soltar, porque has pasado por cosas peores, esto sólo es una sacudida dentro del torbellino de tu vida.

No digas que no me importó… Porque todavía recuerdo aquella noche en que sin saber cómo tomé el bus hasta donde estabas. Llegué a la catedral de noche a punto de casi no encontrarte y aún así sonreía, sonreía y te miraba y las luces nos iluminaban.
No digas algo que pueda herir todo eso que ya sucedió, calla.

Guarda tus mejores momentos, guarda para nosotros todos esos bonitos recuerdos.
No digas que no voy a llegar un día para irnos a la playa o que no vas a regresar al lugar que me vio nacer para recorrer lo que no has visto todavía.

No digas que no sucedió, porque todo ha sucedido ya. Porque algo que existió es tan real como las palmas de nuestras manos.

 

Stephania.

La misma canción

Nunca fue de otra forma, quizá mi concepto sobre mí y el que el mundo tenía sobre mí coincidían demasiado… Yo era aquel raro que no hablaba mucho con los demás y que, quizá, podría parecer malencarado. No me gusta decirlo (pero lo digo) y es que por esas épocas yo empezaba a escuchar a esas bandas “para raros” que en realidad hacen muy buena música y que, en mi opinión, pocas personas escuchan por falta de visión musical.

Entonces la conocí. No recuerdo bien cómo me enteré que a ella le gustaba esa banda, tampoco recuerdo si lo mencionó conmigo, aunque lo dudo. El hecho es que si yo era el raro de la música extraña, ella era entonces la rara para mí.

Empecé a usar mi laptop en la escuela y (creánlo o no) ponía alguna canción de aquellos genios a todo volumen, claro, al máximo que una pequeña computadora puede ofrecer, sólo para que ella se diera cuenta de que teníamos algo en común, para que se diera cuenta de que yo no era como el resto de los papanatas con los que compartíamos clase. Lo intenté algunos días consecutivos… Hasta que un día estábamos juntos escuchando la misma canción.

L. Stephania