La verdad

Y ¿qué de malo tiene decir la verdad? No hay nada de malo en ello, es cierto; pero nadie va a aceptar la verdad tan fácilmente. De todas las cosas en el mundo que pueden incomodar, molestar o dar pesar ésta es una de ellas.

No nos gusta escuchar la verdad, preferimos quedarnos con la versión dulcificada de algo a medias. Preferimos las mentiras y quien nos conozca va a preferir mentirnos.

Se ha confundido el decir la verdad con lastimar y entonces todo mundo calla o todo mundo es un chismoso o un entrometido, cuando nada tiene que ver una cosa con la otra.

Me encanta repetirle a quienes se ofenden que:

La verdad no peca, pero incomoda.

Porque efectivamente, es la verdad. Duele admitir que nos equivocamos, duele admitir que no se nos ha querido, cuesta decir que no, cuesta ser sincero por temor a herir… Se nos pone a prueba cada día, a todas horas. Sobra la gente ofendida y escasean los sinceros y me preocupa toda esa gente hipócrita que va por ahí diciendo: “A mí que me hablen derecho, sin pelos en la lengua”. ¡Ajá! Son los primeros que al decirles algo desaparecen.

Stephania.

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¿Recuerdas?

No me olvido de aquella noche en el parque, caminando sin rumbo, disfrutando el cálido clima. Una pequeña orquesta amenizaba un evento para gente mayor y la salsa me invitaba a bailar, ¡por supuesto que sí!

No me olvido de todo lo que recibí, todo lo que se me ha concedido por pequeño que sea. ¿Recuerdas? Fue un tiempo feliz, un tiempo de baile, de hacer memorias, de romper horizonte y simplemente vivir.

Stephania.

Pensamientos de tarde

Quisiera convencerte de que la forma en que te miro puede atravesar tu alma, convencerme de que puedo sentir lo que estás pensando en el momento en que lo piensas y hacerte ver que no es simple capricho, si no que hemos pasado por muchas cosas que nos han hecho conectar de formas que a veces, me doy cuenta, no comprendemos.

El tiempo, la edad… Números. A todo mundo le importan los números y tú y yo los hemos dejado de lado, no es algo trascendente, no hace la diferencia si encontramos nuestras formas de pensar, nuestras mentes. Me gusta cómo piensas.

Y te miro mirarme de reojo, tratando de escudriñar en mi rostro la respuesta a aquella duda que te aqueja; te miro sobresaltar al dormir porque no estoy suficientemente cerca, te miro y te miro… Podría mirarte toda la vida y nunca sería suficiente, pero me gusta la idea.

Y pienso en todas las veces en que cantaste para mí, la forma en que me miras y sonríes mientras guiñas un ojo, pienso en las cosas que haría por ti y en las que sé sin duda alguna en mi corazón que harías tú por mí… No alardeo, no materializo. Solo siento que te conozco un poco y nos conozco un poco más cada día.

Me gusta mirar la ciudad, el esplendor de las luces artificiales al anochecer, saber que todas representan a alguien, una persona o una historia. Y disfruto de mirar al rededor, notar lo que sucede con el resto del mundo.

Imagino la historia de aquella pareja que se llena de apapachos en el bus, entiendo el cansancio de aquella madre que lleva a sus dos hijos pequeños de la mano… Uno todavía con pijama. Veo los rostros de la felicidad, de la frustración, de la vida. Todo pasa muy rápido y todos están viviendo su batalla propia, nadie la tiene fácil.

Me habría encantado entrevistar a todos, darles voz, contar sus historias y recrear sus ideas en mi mundo. No siempre se obtiene el resultado deseado, pero seguro resultaría algo interesante. ¿Qué contarían ellos de mí? La chica del bus que disfruta mirando por la ventana… La que cierra los ojos y sonríe, la que parece analizar algo en su cabeza porque de cuando en cuando se murmura algo para sí misma.

¿Qué contaré de esta tarde? la forma en que se hace de noche parece no ser suficiente, no es suficiente ciudad, no son suficientes luces y nunca serán suficientes historias.

Stephania.

En mi otra vida quizá soy violinista, nunca voy a saberlo. Quizá me fui de gira por el país con aquella orquesta y me enamoré de alguien que se quedó en el camino. Compuse dos o tres piezas para violín solo y orquesta y viví felizmente sola en un departamento pequeño hasta los 28, edad en la que me casé y comencé a planear un futuro con aquel políglota interesante.

En mi otra vida estoy con alguien que no sabe ver más allá de su nariz, alguien egoísta que me hace mucho daño y con quien definitivamente no soy feliz. Llego a un lugar donde nadie se interesa por lo que hago, dónde mi esfuerzo no vale nada. A mis 21 no he llenado las expectativas que tenía de mi propia vida y me la paso llorando por algo que no sucedió.

En mi otra vida vivo en un país diferente del mío, quizá me acoplé tanto que ni siquiera parezco extranjera. Mis hijos nacieron ahí y son felices mirando esos paisajes que en su momento ya me hicieron soñar. Soy un ama de casa, tranquila y dedicada al hogar, tal cual a mi madre le hubiera encantado y me dedico únicamente a mi esposo, mi hogar y a los niños.

En mi otra vida dirijo una asociación que ayuda a los animales sin hogar a tener atención médica y opción de adopción. Quizá ahorré lo suficiente para poder hacer eso que me gusta sin padecer económicamente, vivo en una casa amplia lejos de mi familia, en un lugar tranquilo donde nadie se interpone entre lo que yo decido que está bien o mal.

Mi otra vida o mis otras vidas… Las imagino constantemente porque hay cosas que me persiguen, aprendizajes inconclusos, oportunidades negadas y sonrisas que se volvieron llanto. Y agradezco porque mi vida real, aunque está lejos de ser totalmente como la deseo, está bien. Me siento bien.

En mi vida real tengo un trabajo desafiante, que reta mi paciencia y mi voluntad todos los días, me mantiene activa y en constante movimiento. En mi vida real puedo hacer lo que me gusta sin que nadie me diga que está bien o mal, que les gusta o no… Como lo que quiero, duermo lo que puedo y estoy con quien amo. No hay arrepentimiento, todo lo que he vivido me ha traído hasta aquí y agradezco por eso. En mi vida real los días a veces son muy cortos, a veces hay dolor y me encanta saber que no vivo una utopía, que me alejé de aquellas personas que no me aportaban nada.

En mi vida real aprendí a amarme, a escribir, a entregar sin esperar nada a cambio. Aprendí a decir no. Me enamoré y dije sí con seguridad, me aventé a la nada y salí victoriosa. Aprendí y aprendí. En mi vida real ya no dejo que nada me detenga.

Stephania.

Los que escriben

Nunca, pero nunca (y lo pido por favor) subestimes a alguien que escribe, que se dedica a ello por amor a las letras, por hobbie o por trabajo. Si conoces a algún escritor eso queda prohibido.
Jamás pienses que puedes descifrar absolutamente todo el contenido que te proporciona, nunca pienses que vas a poder comprender el trasfondo de sus escritos o de sus palabras solo porque le has leído antes.
Una sola frase envuelve un mundo y alguna historia romántica o dolorosa podría ser únicamente producto de su imaginación.

Pensar que podemos analizar todo lo que leemos o que conocemos el alma de alguien sólo porque nos muestra una pequeña parte es ir demasiado lejos.

 

Stephania.